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MEJiSiMiO//mejicongo!2tGA7Fjsq. #11342

Maldito simio comunista, te dije que te iba a invadir ahora no te victimizes putoo
Putos zurdos de mierda.
Da igual de donde seas, esos putos ladran y cuando vas a darle una madriza ya se están victimizando y autolesionando jaja pinches mierdas

Con razon la urss dejó de existir. Por hoterias como esas

webpageUnited States #11343

Thanks for finally talking about >Maldito simio comunista, te dije que te iba a invadir ahora no te victimizes putoo
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AnónimoUnited States #11344

Imagen: lobosueltocorderoatado_0.jpeg 124.4 KB 800x500

¿Qué era de nuestras vidas —quiénes éramos, si ya éramos— hace 28 años?

Cuando repaso qué ocurrió en el planeta durante un año específico (el '93, en este caso), pienso que lo que tuvo lugar fue más de lo mismo; el mismo tipo de popurrí vital, mezcla de lo excelso, lo banal y lo terrible, que caracteriza cada giro alrededor del sol de la roca ígnea que habitamos. Asumió Clinton. Murió Cantinflas. Luis Miguel lanzó el disco Aries. Hubo un tsunami en Japón. El Papa sacó otra encíclica. Debutó MTV Latinoamérica. Mataron a Pablo Escobar.

Sin embargo, cuando hago foco en la realidad argentina, todo me parece (siempre) corrido de eje, más desquiciado. Ese fue el año en que supimos de Miguel Bru, nuestro primer desaparecido en democracia. El año en que una seguidilla de tornados azotó el sur bonaerense. El año en que diecisiete pibes murieron en el incendio del boliche Kheyvis de Olivos, que a pesar de estar habilitado para 150 personas albergaba a 600. El año en que las familias argentinas se encadenaron delante del televisor para ver Mi cuñado, con Brandoni y Darín. El año en que el Poder Judicial estaba en manos de una mayoría menemista, el peso cotizaba a un dólar, nos comimos cinco pepinos colombianos en el Monumental y Pappo, el rocker abrasivo, le cantaba a su mamá.

Por supuesto, también pasaban otras cosas en aquel '93, por detrás de los decorados y de los reflectores. Ese —por ejemplo— fue el año en que la banda más popular del rock argentino grabó su primer y único álbum doble. Aquel que empezaba invocando a un lobo y con una canción que expresaba el deseo de ver a cierto tipo "huir como un ladrón / al que nunca pueden atrapar".

Como otros tantos ladrones de hoy, a los que nunca les entra la bala de nada que se parezca (¡ni de lejos!) a justicia.

Lobo suelto, cordero atado fue el sexto opus de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota. Algunos registros dicen que salió al mundo en noviembre del '93, otros que fue el 4 de octubre del '93 — o sea, hace 28 años, día más o menos. No había sido concebido como una obra conceptual. Era apenas una colección grande de canciones, de las cuales el Indio y Skay no se decidían a sacrificar ninguna. Y a la que sobre el final (como solía y suele hacer, cuando llega la hora de bordar las letras que faltan) el Indio le puso un moño narrativo. Lo enmarcó todo como parte del ida y vuelta entre el lobo y el cordero, aquellos "socios en el drama de la humanidad" a quienes identificamos con la oposición víctima / victimario.

Tratándose del rey de la ambigüedad, las cosas no podían ser tan simples.

Para empezar, se trataba de una obra doble cuyos discos… ¡se vendían por separado! La explicación dice que esa decisión se tomó atendiendo a las magras fortunas del público promedio de los Redondos. ("Preferimos —me dijo el Indio— darle tiempo a la gente para que robase a otro ciego, como decían los Stones".) Pero el hecho ponía los fans en una disyuntiva. ¿Cuál comprar primero: el que tenía en la tapa al lobo o el que llevaba el dibujo del cordero? Como en la vida, no quedaba otra que elegir.

Y el que abandonaba, no tendría premio.

Cada disco era presentado por una carta de su personaje principal.

Firmada por Lupus El Lobo, la primera empezaba diciendo: "En el principio fue la compasión y el principio es la mitad de todo". Allí Lupus reescribe el génesis de la vida sobre esta bola de bowling ("A partir de entonces —dice— ciertas mentiras dieron vergüenza") y se asume como nuevo diablo. Pero eso no implica que el lobo sea el malo de esta película. Se trata de máscaras, nomás; de pieles que cualquiera puede adoptar a conveniencia, en este juego de rol que es la vida aquí. Uno puede calzarse el sayo del lobo o echarse encima aquel del "gemelo enrulado". Pero toda máscara es ambivalente. Algunas sirven para asumir la verdadera identidad y otras para ocultarla. Este Lupus, a quien la castinera de la película terrestre contrató para el papel del malo, sabe que hay alguien mucho más jodido en este planeta.

"Vos, corderito —dice—, multiplicaste la crueldad durante milenios. No tuviste compasión. No hiciste uso del movimiento del alma que nos hace sensibles al mal que padecen los demás". Este cordero a quien Lupus interpela es la criatura que creció sintiendo miedo ante las fauces del predador —como la mismísima especie humana—, pero que terminó capitalizando esa descarga de adrenalina y la usó para darse valor e impulsarse hacia la consagración como el más despiadado. Es, por extensión, el becerro de oro, ese "ídolo adorado", el epicentro de un culto equívoco y sacrificial que sigue rigiendo nuestra cultura, la expresión de la devoción a la riqueza por encima de todo — sin la cual, admitámoslo, la vida de tantos no se entendería un pomo.

Ese es el tiempo que nos tocó vivir. El del cordero suelto que se asocia en manada para acosar al lobo. El de las bandas de bichos lanudos que se pretenden inocentes y por eso evitan sonreír: para que no se les vean los dientes manchados de sangre.

Desde que Lupus El Lobo estableció que el tema era la compasión, se entiende la pertinencia de una canción como Un ángel para tu soledad. Ahí la ternura del Indio por aquellos que seguían a Los Redondos donde fuesen es indisimulable. Está hablando con el cuore en la mano. Le canta a las legiones de pibes y pibas que se aventuraban a las rutas y arrastraban sus esqueletos hasta los conciertos; quienes aprovechaban la fiesta para liberarse de sus ataduras (el "doble cordel" de la simulación) y bailar sobre su eje como remolinos; quienes, en el frenesí dionisíaco del concierto, se animaban a practicar acrobacias de las que salían indemnes, gracias a la suerte del principiante. Claro, también había veces en las que se pasaban de rosca y se pegaban un palo, del que los rescataba ese espíritu al que el Indio llama ángel de la soledad / y de la desolación. El buen ánimo que nos recoge del suelo cuando creemos no contar con nadie, o nos sentimos más allá de toda ayuda humana; ese espíritu que —paradójicamente— fue el único en quedarse siempre afuera de las misas de Los Redondos y del Indio.

Porque si existía un lugar en este mundo donde era imposible, por definición, sentirse aislado, era en esos conciertos, donde todos bailábamos nuestras penas hasta que la soledad se disolvía y podíamos ser, por un rato, felices de verdad.

El Indio puede querer a alguien pero no idealiza al pedo. No es casual que después del mimo de Un ángel para tu soledad venga la mirada fría, o al menos desapasionada, que Buenas noticias echa sobre el mismo fenómeno. Esa es la canción que habla sobre los seguidores de la banda en otros términos, más brutales.

Esa banda inconsolable de perros sin folleto

Brujas de alma sencilla, patéticos viajantes

Pobres tontos, pobres diablos, lunáticos diamantes

Prometidos de carne, lánguidos, impalpables

Son… mis amantes.

No es inusual que quien genera una comunión intensa —como las que suponían las misas ricoteras— sienta un vacío al concluir la experiencia. Una suerte de cold turkey, de mono que se presenta una vez que el efecto del cariño masivo se desvanece y te quedás solito otra vez con tu alma. En ese ida y vuelta que ocurre durante horas entre el escenario y la masa vibrante tiene que tener lugar un intercambio de energías que te la voglio dire. Por eso imagino (nunca se lo pregunté al Indio, me lo anoto para la semana que viene) que es posible que alguien se sienta drenado por completo, más mineral que animal, al cabo de un maratón como el que suponían los conciertos de Los Redondos; sumido en un estado de ánimo en el cual nada te conmueve / ni los tiroteos / de mis amantes.

Cuando el alma está así, descarnada, se entiende que te sientas "contra las cuerdas", desafinando "canciones tristes, dueñas del corazón". En aquellos tiempos resultaba difícil pensar que las bandas que se agitaban como derviches en los conciertos podían tolerar algo tan parsimonioso, reflexivo y por qué no fúnebre como la canción Espejismo. Era como apelar al freno de mano cuando vas a 230 por la autopista: algo poco recomendable. Sin embargo la monada se bancó el parate, y aceptó la invitación a pensar cuánto de lo que estaba a la vista por entonces era real, y cuánto ilusión óptica, propia de quien arrastra los pies por el desierto con la cantimplora seca.

Entre lo que calificaba como ilusión estaba, sin dudas, lo que el Indio llamaba "la boutique del rock". En aquel '93, me dijo, "aun tocando en un boliche de mierda vivíamos mejor que un oficinista y eso no era algo que te agradara, que te hiciese sentir cómodo, a gusto… Podía confundirte como esos espejismos a los que se llama fata morgana: no se trata de algo real, sino de una ilusión óptica que no puede durar. ¡No hay nada a lo que te acostumbres más rápido que a un status superior, que no necesariamente se sostendrá!" Por aquel entonces llevábamos apenas dos años de convertibilidad, ese pase de magia cavallística —no hablo de cábalas, hablo del ministro Cavallo— que nos había convertido en ciudadanos del mundo por el mero hecho de porfiar que cada mango nuestro era tan fuerte como un dólar. Pero el Indio ya describía el peligro que siete años más tarde estrellaría al país contra un muro de hormigón. Lo que vivíamos, lo que dábamos por bueno, por real y en consecuencia por duradero, era un espejismo. Y la prospección respecto de lo que ocurriría cuando nos diésemos cuenta de que lo habíamos apostado todo a una ilusión, justificaba la canción que sonaba a marcha fúnebre.

Así como Lennon dudó en su momento del verso de la canción Revolution donde hablaba de violencia y destrucción (no estaba seguro de cantar "sabés que podés contar conmigo" o más bien lo contrario, "sabés que no podés contar conmigo"), el Indio vaciló en torno de los versos más bellos de la canción Espejismo: esos que dicen lo mejor de nuestra piel / es que no nos deja huir. "Pensé incluso —me contó— en decir una vez lo mejor y otra vez lo peor. Pero era más 'desnudante' así. Si no estuviésemos prisioneros de la piel, huiríamos inmediatamente de nuestra intimidad".

De algún modo, esa tensión dialéctica era otro eco de la que existía entre el lobo y el cordero, cuyas pieles fueron convertidas en mercancía de cambio durante la historia de la especie. (La del lobo como alfombra o trofeo de caza, la del cordero como elemento esencial de nuestro abrigo.) La cultura occidental tiende a identificar la piel como lo superficial, lo frívolo, el receptáculo de las sensaciones más efímeras. Del mismo modo es traicionera, porque te adjudica un color de fábrica que puede condicionarte —negro, marrón, amarillo— y contra el cual muchos quieren rebelarse, en un acto que inevitablemente conduce a la auto-traición. (Muy mal plan, ese. Ni Michael Jackson se lo bancó.)

Pero en último término la piel es el envase de todo lo demás, el container de lo que somos, y por eso la relación con el epitelio también es indicativa de la relación que tenemos con la parte más profunda de nuestro ser. Si te bancás estar dentro de tu piel, si no le escapás a la soledad que ese aislamiento supone, si encontrás el modo de asumir tus limitaciones y al mismo tiempo apostar por tu mejor parte, habrá oportunidad de conservar la dignidad, de vivir con elegancia. En cambio, si todo el tiempo tratás de cambiar de piel, de fingirte otra u otro (si te la jugás a una convertibilidad de tu persona, a ostentar un poder que no tenés cómo sustentar en metálico), lo más probable es que termines siendo un traidor de clase, alguien que reniega de las circunstancias que lo convirtieron en quien es; y que en segundo término te conviertas en un Judas de tu propia intimidad. Y si alguien sabe, o intuye, que está traicionándose a sí mismo, ¿qué le impide traicionar a todos los demás?

Un lobo no entrega su piel, sólo se la sacan cuando ha muerto. En cambio, las ovejas entregan la suya todos los años, y por guita.

"Es como una fotonovela", me dijo el Indio sobre La hija del fletero, "la historia de un desengaño amoroso". Del mismo modo podríamos decir que es un melodrama costumbrista, o una telenovela comprimida en un único capítulo sonoro, o un tango en la tradicional vena de la percanta que te amuró, que te colgó la galleta: todos géneros, o subgéneros, que uno no suele asociar a la escritura del Indio. Sorpresa que se agranda cuando uno revisa la canción —linda, infinita— a la luz de la evolución social que tuvo lugar en los últimos treinta años. El tipo que narra es el macho típico, que no termina de entender por qué lo han dejado. Alguien que estaba seguro de que las traiciones constantes a que sometía a su compañera (no calentás la misma cama por dos noches / me reclamaba y no la quise oír) debían estar compensadas por sus otros esfuerzos. Hice de todo por impresionarla, avisa, nunca tuvo el higo seco junto a mí. Pero sus cálculos de almacenero no cuadraron con las matemáticas que ella manejaba. Cuando entendió que al final del día las cuentas no le cerraban, la fleterita —con toda justicia— lo fletó.

La dignidad con que ella manejó esa separación despoja al narrador de sus ínfulas de macho lobo. Entiende que la chica lo mandó al descenso limpiamente. Por eso ahora confiesa: Sopa de almejas es todo lo que como / Siempre fui menos que mi reputación. Si hasta tiene un par de cartas suyas en el buzón, que no se anima a leer porque le falta coraje. A esa altura, la cotización de sus pretensiones ha caído tanto que se contentaría con saber que ella puede recordarlo sin rencor. El final, de algún modo, es abierto: existe la posibilidad de que haya aprendido de la experiencia, y que de allí en adelante se comporte como debe con la mujer de quien vaya a enamorarse… o de que persista en sus fullerías, con la excusa del dolor traumático que le produjo el abandono. Eso es lo que sugiere el verso: Un corazón no se endurece porque sí.

Lo peor de nuestros defectos es que, a veces, no nos dejan huir.

La carta que Rulo El Cordero le manda a Lupus El Lobo es, como su personaje, más bien engañosa. Por empezar, llama al lobo "viejo amigo" cuando todos sabemos —la historia lo demuestra— que Rulo no tiene amigos. Ni siquiera la familia se salva de sus chanchullos: es capaz de empernar a su mamá, a sus hermanos y hasta a sus hijos. El Rulo arranca en términos amorosos, porque es un engatusador nato, y hasta le reconoce méritos al lobo: "Auguraste que mi estrella se volvería un lugar inhabitable", le dice. Pero todo lo que Rulo quiere es recordarle a Lupus que, en lo que llama El Gran Restaurante de la Naturaleza —ese manyatorio donde algunos comemos y otros somos comidos—, las reglas han cambiado. Por eso le recuerda la noche en que su dios se impuso al dios de Lupus y "el Cordero fue lobo del lobo".

Es tan falluto, el Rulo, que no puede aceptar públicamente que en realidad odia al otro y que quiere verlo muerto. "No es que vos no me gustes —le miente—, no me gusta tu trabajo". Pero de todos modos le anuncia a qué atenerse, cuando le cuenta cuál es su forma esencial de pensar: "Pienso para mí… Total, el oficio de Dios es perdonar. Y me coloco mi virgo de descarne". Que, en solariano básico, viene a ser una suerte de himen artificial: un dispositivo con el cual fingir una inocencia que ya no se tiene. Pero aun así se victimiza, se pretende "amargado como el culo de un pepino, envidiando el quilombete que vos estelarizás. No quisiera que sufrieras mi pasión ni por una sola noche". En esto último, al menos, estamos de acuerdo con el Rulo. Ninguno de nosotros querría sufrir la pasión oscura y helada que rige sus días y que impulsa sus repugnantes victorias.

Cuando releí esta carta en voz alta para que conversáramos de ella, lo primero que el Indio me dijo fue: "¿Ves que Rulo es un psicópata?"

Y cuando hablamos de psicópatas, a mí se me aparece la cara de cierta gente a la que conocemos bien.

MEJiSiMiO//mejicongo!2tGA7Fjsq.United States #11345

>>11344
Puta que te fumaste carnal



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