¿Qué era de nuestras vidas —quiénes éramos, si ya éramos— hace 28 años?
Cuando repaso qué ocurrió en el planeta durante un año específico (el '93, en este caso), pienso que lo que tuvo lugar fue más de lo mismo; el mismo tipo de popurrí vital, mezcla de lo excelso, lo banal y lo terrible, que caracteriza cada giro alrededor del sol de la roca ígnea que habitamos. Asumió Clinton. Murió Cantinflas. Luis Miguel lanzó el disco Aries. Hubo un tsunami en Japón. El Papa sacó otra encíclica. Debutó MTV Latinoamérica. Mataron a Pablo Escobar.
Sin embargo, cuando hago foco en la realidad argentina, todo me parece (siempre) corrido de eje, más desquiciado. Ese fue el año en que supimos de Miguel Bru, nuestro primer desaparecido en democracia. El año en que una seguidilla de tornados azotó el sur bonaerense. El año en que diecisiete pibes murieron en el incendio del boliche Kheyvis de Olivos, que a pesar de estar habilitado para 150 personas albergaba a 600. El año en que las familias argentinas se encadenaron delante del televisor para ver Mi cuñado, con Brandoni y Darín. El año en que el Poder Judicial estaba en manos de una mayoría menemista, el peso cotizaba a un dólar, nos comimos cinco pepinos colombianos en el Monumental y Pappo, el rocker abrasivo, le cantaba a su mamá.
Por supuesto, también pasaban otras cosas en aquel '93, por detrás de los decorados y de los reflectores. Ese —por ejemplo— fue el año en que la banda más popular del rock argentino grabó su primer y único álbum doble. Aquel que empezaba invocando a un lobo y con una canción que expresaba el deseo de ver a cierto tipo "huir como un ladrón / al que nunca pueden atrapar".
Como otros tantos ladrones de hoy, a los que nunca les entra la bala de nada que se parezca (¡ni de lejos!) a justicia.
Lobo suelto, cordero atado fue el sexto opus de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota. Algunos registros dicen que salió al mundo en noviembre del '93, otros que fue el 4 de octubre del '93 — o sea, hace 28 años, día más o menos. No había sido concebido como una obra conceptual. Era apenas una colección grande de canciones, de las cuales el Indio y Skay no se decidían a sacrificar ninguna. Y a la que sobre el final (como solía y suele hacer, cuando llega la hora de bordar las letras que faltan) el Indio le puso un moño narrativo. Lo enmarcó todo como parte del ida y vuelta entre el lobo y el cordero, aquellos "socios en el drama de la humanidad" a quienes identific
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