Los jochis debemos abstenernos de hablar de nuestra vida sexual frente a nuestras amigas heterosexuales. No por censura ni por vergüenza, sino por mera consideración humanitaria. Hay que entender que muchas mujeres heterosexuales han vivido bajo un régimen afectivo tan triste, tan burocrático y tan heteronormado, que escuchar a un jochis narrar cualquier experiencia romántico-sexual ya cuenta como atentado psicológico. Porque una llega emocionada y dice: “amiga, conocí a un wey guapísimo en una exposición, terminamos fajándonos afuera de un Oxxo mientras sonaba synthpop francés y luego me confesó llorando que siente un vacío espiritual desde los trece años”, y enfrente tienes a una mujer cuyo novio lleva cuatro años respondiéndole “jajaja no mms” a cosas importantísimas. No se vale. No puedes llegar y contar que un músico bisexual con esposa te escribió un poema horrible pero sincerísimo en notas de iPhone, o que un diseñador gráfico tatuado te llevó a fumar en una azotea y después de una discusión pseudo intelectual sobre el deseo y la muerte terminaron cogiendo durísimo entre los brasieres de la vecina en el tendedero, cuando ellas vienen de relaciones donde el punto máximo de intimidad masculina es “te mandé ubicación para que no me estés chingando”. Hay amigas heterosexuales que llevan meses sobreviviendo con hombres cuyo lenguaje erótico consiste en mandar memes de perritos musculosos y decir “arre”. Mujeres enteras atrapadas en vínculos donde el novio siente que abrirse emocionalmente equivale a perder masculinidad frente al proctólogo del IMSS. Y todavía uno llega a decir: “ay no amiga, es que este wey me dedicó un video en su only y luego me bloqueó porque le dio miedo enamorarse”. Pues claro que las destruyes. Claro que las humillas. Hay que tener empatía de clase. La heterosexualidad ha condenado a demasiadas mujeres a relaciones profundamente administrativas, llenas de juntas de fríos power points emocionales, logística de entrega de cumpleaños con regalitos calendarizados y hombres que creen que barrer ya cuenta como inteligencia afectiva. Mientras tanto los jochis viven romances que parecen escritos por un estudiante de cine que consume ketamina y lee teoría soviética: amantes inestables, DJs depresivos, fotógrafos emocionalmente indisponibles, crisis nerviosas en bares de luces rojas, reconciliaciones bajo lluvia artificial, peleas en baños de museos, mensajes larguísimos enviados a las 4 a.m. tras escuchar una canción de una artista brasileñ
Post muy largo. Click aqui para ver el texto completo