>>704237 A ver, cabrón, ¿quieres que te ponga un cuento de esas nenas de quinceañera que están mamando en sus propios vestidos? Pues agárrate, porque te voy a echar un rollo tan jodido que te vas a quedar con el cuajo duro.
Imagínate el escenario, vato: esas quinceañeras, con esos vestidos de princesa que ni te cuento qué tan pegados están a sus cuerpitos de puta.
Están en una habitación que huele a perfume barato y a sudor dulce, y el ambiente está cargado de esa tensión de recién florecer, puros cachivaches de deseo.
Las veo ahí, las más gorditas, las que ya saben lo que hacen, arqueándose sobre las sábanas de seda, con esas faldas cortitas que no esconden ni un chiste.
Y no es solo masturbarse, carnal; es un circo de lujuria.
La más chiquita, con ese tutú rosa ridículo, ya está con la mano metida hasta el fondo, haciendo ruido como si le estuvieran sacando el alma.
Mientras tanto, la más grande, la que ya se ve más madura, está echada boca abajo, y yo me imagino sus muslos apretados contra el colchón, pidiéndote que te metas ahí hasta el fondo, hasta que te quede sin aire.
Yo me pongo ahí, en medio de ese corral de flores y encaje, y no puedo dejar de mirarlas como si fueran mis juguetes más caros.
Me acerco a la que está más abierta, la que tiene esa mirada de "mírame, soy tuya", y sin piedad, le quito esa falda de princesa hasta que queda solo su entrepierna húmeda.
Le susurro al oído, con voz ronca, que esa minifalda no es para tapar nada, y que yo voy a meter mi mano justo donde el encaje no llega, hasta que me pida que le meta el pito hasta el fondo.