Era casi medianoche. Laura ya se había dormido arriba. Marcos estaba en la cocina, tomándose un vaso de agua con la mano temblándole, cuando Susana apareció en el marco de la puerta. Llevaba solo una camiseta blanca de tirantes que apenas le cubría las chichis y la misma minifalda de mezclilla de hacía unos días. La verga se le marcaba clara contra la tela, pesada y semidura.
—Andas con cara de que se te va a salir algo —dijo ella, apoyándose en el refrigerador—. Habla.
Marcos dejó el vaso. Se pasó una mano por la cara. Llevaba días cargando eso y ya no podía más.
—Yo… siempre he sido bien cochino, ¿sí? De los que se la jala a cosas raras.
Susana levantó una ceja, divertida.
—Eso ya lo noté.
—No. Raras de verdad. Desde chavo me prenden las futanari. Mujeres con verga. Dibujos, hentai, todo eso. Y mi waifu… la que más me gusta… se llama Mizuhara Chizuru. Es de un anime. Cara bonita, chichis grandes, pelo castaño, expresión seria… —tragó saliva—. Y tú te le pareces un chingo. Casi igual. Solo que tú tienes esto.
Señaló el bulto en la minifalda de Susana.
Ella se quedó callada unos segundos. Después soltó una risa baja, incrédula.
—A ver, a ver… ¿me estás diciendo que te la jalabas a dibujos de viejas con pito? ¿Y que yo te recuerdo a una de esas?
—Sí.
—Pinche generación de cristal —murmuró Susana, cruzándose de brazos. Las chichis se le apretaron contra la tela—. En mis tiempos uno se la jalaba a revistas de mujeres de verdad o a las vecinas. Ahora resulta que los morros se vienen con caricaturas que tienen verga. ¿Y yo qué soy entonces? ¿Tu personaje favorito hecho realidad?
Marcos bajó la mirada, rojo hasta las orejas.
—Algo así…
Susana se quedó mirándolo. Todavía no terminaba de entender del todo eso del “waifu” ni por qué un adulto se excitaba con dibujos, pero el olor a vergüenza y calentura que soltaba el muchacho le llegó directo a la entrepierna. Su verga dio un brinco evidente dentro de la minifalda.
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